Topografías naturales e imaginarias
Carmen Moyano
La obra de Carmen se despliega como un territorio donde la experiencia del paisaje se construye entre la memoria, la materia y la imaginación. En este recorrido, la artista articula dos dimensiones complementarias de su práctica: por un lado, el paisaje natural, vinculado a la experiencia vivida, a la observación y al espesor de la materia pictórica; por otro, el paisaje imaginario, atravesado por el archivo, la evocación y la reconstrucción sensible de aquello que persiste en fragmentos.
En la serie de óleos, el paisaje cordobés emerge como memoria. La pincelada, construye superficies donde la naturaleza aparece viva, profunda e intacta. Palmas, ríos, parajes y formaciones vegetales son activadores de una experiencia que enlaza lo íntimo con lo territorial. La artista recupera saberes familiares y tradiciones ligadas al trabajo con la palma, donde el gesto de tejer se desplaza hacia el acto de pintar, el paisaje se presenta como recuerdo en transformación, donde la infancia, el tiempo y la geografía se entretejen.
En otras introducen una dimensión simbólica donde la flora local adquiere una presencia singular, cargada de relatos, mitos y percepciones personales. En estos trabajos, las obras no solo describen, sino que construyen una temporalidad: el paisaje se vuelve huella, permanencia y, al mismo tiempo, instante detenido. Así, el paisaje natural se configura como un espacio habitado, donde lo biográfico y lo colectivo se inscriben en la superficie de la pintura.
En paralelo, la serie de acuarelas desplaza la mirada hacia el territorio del paisaje imaginario. A partir del hallazgo de un archivo vinculado a Fernando Fader —fotografías, escritos y fragmentos—, Carmen construye un nuevo campo de exploración donde la memoria ya no es directa, sino mediada, fragmentaria y abierta. Obras que evidencian un procedimiento de recomposición, donde restos de imágenes se reorganizan en nuevas configuraciones visuales.
En este cuerpo de trabajo, la acuarela introduce una lógica distinta: la fluidez del agua, la transparencia del pigmento y la superposición de capas permiten construir paisajes que no responden a una geografía concreta, sino a una experiencia mental y afectiva. Donde el paisaje se presenta como una construcción inestable, donde el tiempo se pliega y las imágenes se transforman en huellas abiertas.
Obras que no operan como cita histórica, sino como activador de una memoria expandida. El paisaje se descompone y se recompone, como si cada fragmento contuviera múltiples tiempos superpuestos. En este sentido, la práctica de la artista se aproxima a una arqueología sensible: excavar en las imágenes para reactivar su potencia latente.
En el cruce entre ambos cuerpos de obra, Carmen propone una reflexión sobre el paisaje como construcción. El paisaje natural y el paisaje imaginario donde lo vivido se transforma en recuerdo, el recuerdo en imagen, y la imagen en materia. La pintura y la acuarela, dispositivos de traducción, donde el gesto artístico enlaza lo personal con lo colectivo, lo visible con lo evocado.
De este modo, la muestra configura un territorio expandido donde el paisaje deja de ser únicamente aquello que se ve para convertirse en aquello que se recuerda, se imagina y se reconstruye. Un espacio donde la memoria no es fija, sino dinámica, y donde cada obra propone una forma singular de habitar el tiempo y la naturaleza.
Carla Peresini
Orígenes
Liliana Mabel Fernández
La práctica escultórica de Liliana se articula a partir de una relación profunda y sostenida con la piedra, material que no solo constituye su soporte principal sino también el núcleo conceptual de su trabajo. Tradicionalmente entendida como una materia resistente, incluso hostil al gesto, la piedra es aquí abordada desde una lógica inversa: lejos de presentarse como obstáculo, se convierte en una instancia de diálogo y conducción.
En este proceso, la artista establece un vínculo que excede la voluntad de dominio sobre la materia. La forma no es impuesta, sino que emerge de una escucha atenta, de una interacción donde la piedra orienta, sugiere y despliega posibilidades. Esta relación genera una dinámica de retroalimentación en la que el hacer escultórico se transforma en una experiencia inmersiva, capaz de suspender la percepción ordinaria del tiempo y del entorno.
En sus piezas abstractas, esta condición se intensifica: la obra se configura como un territorio abierto, donde la materia activa asociaciones vinculadas a un imaginario primigenio, cercano a lo paleolítico, entendido no como referencia literal sino como estado sensible. En los trabajos con mayor grado de figuración, esta lógica persiste, aunque atravesada por condicionantes formales que delimitan el campo de acción.
El conjunto de la muestra se inscribe en una matriz americanista, en la que resuenan tradiciones y genealogías propias del continente. En este sentido, su producción dialoga con legados escultóricos como los de Antonio Pujía, Alicia Penalba, Rosa Cabral de Bustos, Raquel Goya y Adrián Dorado, entre otros, sin caer en la cita directa, sino desde una afinidad en el modo de pensar la forma, el volumen y su vínculo con lo ancestral.
“Orígenes” se presenta así como un recorrido que pone en primer plano la energía vital que atraviesa la práctica de la artista: una entrega sostenida a la escultura como experiencia, donde materia, intuición y memoria se articulan en la construcción de un lenguaje propio.
Carla Peresini